La palabra sede le queda un poco holgada, pero de alguna manera hay que definir el caserón en Villa Rivera Indarte. Allí conviven personas tan diversas como un cantor retirado, un ex travesti de barrio Alberdi y una nonagenaria monja de Traslasierra. Está Robertito (80), que alguna vez participó en un antiguo programa radial, Los gorjeos de Doña Tremebunda. O Pedro (73), que se quedó sin muelas, pero el pelo le sigue creciendo como si tuviera 20 años. Todos sobreviven gracias al cobijo que les brinda esta humilde pero amplia morada en las afueras de Córdoba.
Desde hace tres décadas, en Lomas de Rivera Indarte funciona la casa central del Hogar Sagrado Corazón y Martín de Porres. En total asisten a unas 150 personas, porque la “clientela” del departamento Cruz del Eje es más numerosa.
La obra fue fundada en 1977 por Osvaldo Toranzo (75) y su esposa, Dorita, más conocida como “Titina”, fallecida en 2007. Tan distintos por fuera, y tan parecidos por dentro. Él, grandote y barrigón. Ella, menuda y flaquita como un junco. Pero el mismo empeño en ayudar a viejitos desamparados.
Así surgió la Asociación de Fieles San Joaquín y Santa Ana, en nombre de los abuelos de Jesús. Muy conocidos en el ambiente, los Toranzo son un modelo de voluntariado. Son de los poquísimos que conviven con las personas que recogen de la acera, o que han llamado a la puerta. Ellos son “su” familia.
Soledad acompañada. Lo de “hogar de ancianos” es incompleto. Como tantos otros geriátricos, éste debería llamarse “hogar de ancianos y abandonados”. Casi la mitad de sus residentes no son muy mayores. Alguna incapacidad física o social los dejó en la calle, víctimas del mal de la época: la soledad. Pero han tenido la suerte de encontrar techo, pan y cariño.
“El censo no registra la cifra de homeless en Argentina, pero seguro que es alto”, advierte Toranzo. Sus inicios, en los años 1980, coincidieron con los prolegómenos del derrumbe socioeconómico. Pero la pobreza dista de ser la causa excluyente de la “situación de calle” de centenares de personas.
El egoísmo y la violencia doméstica inciden tanto o más que el dinero. Una de las pocas cosas que Toranzo y los suyos lamentan es que los moradores del hogar casi no pueden salir a la calle. “A los vecinos no les gusta verlos, dicen que dan mal aspecto al barrio”, se lamenta Osvaldo.
El refugio de “los Toranzo” carece de ingresos fijos. Depende casi íntegramente de la caridad. “El dinero no te hace feliz, pero calma los nervios”, reconoce Osvaldo. Lo que más falta hace, es la ayuda humana, el voluntariado común. “Si no fuera por Irma y, no sé cómo me las arreglaría”, admite.
Irma es una enfermera de la zona, que los asiste desde el principio. . “Nada de siesta y poca tele”, es el lema de la casa. “Así a la noche duermen como pajaritos, sin necesidad de remedios”.


